La noticia corrió como la pólvora por toda la ciudad en menos de una hora. Camila Torres, acusada de homicidio frustrado, encubrimiento, chantaje, amenazas y delitos contra la libertad, había burlado a la justicia otra vez. Según el informe oficial, en un tramo de carretera sin cámaras, dos vehículos sin placas interceptaron la camioneta de traslado, desarmaron y golpearon a los agentes —sin causarles lesiones graves, solo para incapacitarlos— y se la llevaron en menos de noventa segundos. No hubo tiroteo, no hubo víctimas fatales, fue rápido, frío, calculado y perfecto. Demostró lo que Adrián venía diciendo desde el principio: la red de cómplices que armó Don Armando durante décadas era mucho más grande y profunda de lo que cualquiera imaginaba, y aún quedaban muchos peces grandes nadando libres en la oscuridad.
—Tiene ayuda de dinero y poder —explicó Adrián esa misma tarde en la sala de seguridad de las oficinas del Grupo Vásquez, frente a mapas, pantallas e informes por todos lados—. No se fue caminando ni pidiendo aventón. Alguien muy importante, con contactos altos, la sacó. Probablemente alguno de los socios de negocios sucios de Don Armando, que saben que si ella habla mucho, ellos también se van todos a la cárcel por muchos años. Tienen todo el interés en que desaparezca para siempre, o en que se quede callada muy bien escondida.
Dante caminaba de un lado a otro sin poder quedarse quieto, la mandíbula apretada con fuerza, la cicatriz blanca muy marcada por la tensión. Me tomó de la mano y me apretó fuerte entre las suyas, mirándome a los ojos con seriedad absoluta.
—A partir de este momento, no te mueves de mi lado ni un segundo —me dijo grave, sin lugar a discusiones—. No sales sola a ningún lado, no abres puertas a desconocidos, no contestas números que no conozcas. Ella amenazó con volver, y Camila cumple sus amenazas por muy locas que parezcan. Ahora que ya no tiene nada, absolutamente nada que perder, es mil veces más peligrosa que nunca.
Alejandro, que ya había tomado el control interino del Grupo Ruiz y empezado a limpiar todo el desastre de adentro hacia afuera, también estaba allí pálido y preocupado. Había puesto toda la seguridad privada de su empresa también a nuestra disposición.
—Ella me conoce de memoria —dijo con voz baja—. Sabe cómo pienso, sabe los lugares que frecuento, sabe las debilidades. Y lo peor es que me odia a mí casi tanto como odia a Valeria. Sabe perfectamente que yo di el paso final y me puse del lado de la verdad, y para ella eso es la peor de las traiciones. Va a querer lastimarnos a los dos donde más nos duele. Y lo que más nos duele… eres tú, Valeria.
Tuvieron razón. Durante los siguientes diez días las amenazas llegaron de formas cada vez más inquietantes y personales: flores negras sin tarjeta en la puerta de casa, mensajes de texto desde números que se borraban solos después de leerse, fotos nuestras tomadas desde muy lejos con teleobjetivo bajo la puerta del edificio, una vez apagaron toda la electricidad del complejo residencial durante dos horas en plena madrugada. Nunca aparecía nadie, nunca dejaba rastro suficiente para seguir el camino. Era su forma de jugar: aterrorizar poco a poco, recordarnos que ella estaba ahí, mirando, cerca, y que podíamos hacer muy poco para detenerla.
Una noche, cerca de la una de la madrugada, estábamos despiertos los cuatro en la casa de Dante revisando cámaras otra vez, cuando entró Rodrigo con una expresión muy seria en el rostro trayendo un sobre de cartón negro que acababa de llegar por mensajero urgente, sin remitente. Adentro no había amenazas, ni fotos, ni palabras de odio. Solo había el dobladillo cortado del bajo izquierdo de mi vestido de novia blanco, el mismo del que sacamos la llave de bronce en el desván, y una hoja de papel con solo siete palabras escritas a mano con tinta roja:
SÉ DÓNDE GUARDAN LO MÁS VALIOSO.
Se nos heló la sangre a todos por igual. Ella había estado físicamente dentro de la mansión de los Ruiz, en el desván, después de que nosotros ya estuviéramos allí, y nadie lo supo ni lo detectó. Entró, tocó, tomó lo que quiso y salió sin dejar huella. Eso significaba que o bien conocía accesos secretos que nadie más recordaba, o bien alguien de adentro, de la seguridad o la familia, todavía le estaba abriendo las puertas.
—No va a huir del país —dijo Adrián muy seguro después de guardar silencio largo rato—. Si quisiera irse, ya habría tomado un avión privado la misma noche que se fugó y estaría en un país sin extradición tomando el sol hace rato. Se queda aquí. No se va hasta cumplir lo que dijo: lastimarnos, destruir nuestra felicidad, quitarnos lo que más amamos. Se giró directo a mí—. Su objetivo principal eres tú, Valeria. Siempre lo fuiste. Para ella, tú eres la que se quedó con todo: el amor de Alejandro, el respeto de todos, el amor de Dante, la fama, el éxito, la bondad, la luz. Ella cree que todo eso le pertenecía a ella por derecho, y tú se lo robaste. Y hasta que no te vea derrotada, no descansa.
Dante me atrajo fuerte contra su pecho, abrazándome con todas sus fuerzas como si quisiera protegerme del mundo entero con su propio cuerpo. Cerré los ojos y respiré su aroma, y en vez de miedo sentí de nuevo esa calma de acero que me regaló el dolor hace años. Ya no era la niña asustada que lloraba sola en una iglesia llena de gente. Ya no.
—Entonces no la esperemos escondidos —dije con voz firme, mirando a los tres hombres que más quería en el mundo—. Ella quiere guerra. Vamos a dársela. Pero esta vez, en nuestro terreno, a nuestra manera y con nuestras reglas. Y termina de una maldita vez para siempre.
Esa misma noche pusimos en marcha el plan final que ideamos entre todos: usar todo lo que sabemos de ella, su orgullo, su obsesión, su necesidad de sentirse superior y vengada, para atraerla nosotros hacia una trampa cerrada, controlada y definitiva, delante de las autoridades, sin escapatorias esta vez. El escenario elegido no podía ser otro: la vieja casona abandonada de los Ruiz en las afueras, el lugar donde de niñas pasábamos los veranos juntas, el lugar donde empezó a nacer su odio por mí hace más de veinte años.